Heme aquí en estas
soledades, con un teclado, una página en blanco y la semana de la
Fantasía al alcance de mi mano...
...¿Cuándo pisé la Tierra
Media por primera vez? Me resulta difícil recordarlo, pero a buen
seguro no tenía más de 12 años cuando un libro con una extraña
portada y un nombre aún más extraño cayó en mis manos: se trataba
de El Hobbit, de la editorial Minotauro, escrito por un tal J.R.R
Tolkien.
Al igual que Bárbol la
primera vez que se topó con Pippin y Merry, nunca había oído
hablar de los hobbits, pero en cuanto me adentré en el acogedor
agujero en el que vivía el tal Bilbo Bolsón me sentí como en casa
y me resultó imposible separarme de él. Ni de lejos podía imaginar
lo que me esperaba junto al señor Bolsón, la compañía de enanos
de Thorin Escudo de Roble y Gandalf. Como todas las cosas con las que
disfrutamos en esta vida, aquel excitante y largo viaje pasó volando
y cuando quise darme cuenta estaba despidiéndome de Erebor y de
regreso en Bolsón Cerrado.
Y como suele pasarme cuando
vuelvo de uno de estos fantásticos viajes, una cierta melancolía me
embargó al pensar que jamás volvería a experimentar la sensación
de recorrer aquel maravilloso y fantástico mundo que el señor
Tolkien me había regalado. Nada más lejos de la realidad, y es que
aquel chaval que era yo, no podía imaginar lo increíble y fabulosa
que era la realidad que aquel hombre había parido.
Y abrí otro libro, El
Señor de los Anillos, cuyo comienzo, con una extraña leyenda me
dejó helado y me atrapó por igual:
“Tres anillos para
los reyes elfos bajo el cielo, siete para los señores enanos en
casas de piedra, nueve para los hombres mortales condenados a morir.
Un para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro en la tierra de
Mordor donde se extienden las sombras. Un anillo para gobernarlos a
todos. Un anillo para encontrarlos, un anillo para atraerlos a todos
y atarlos en las tinieblas, en la tierra de Mordor donde se extienden
las sombras.”
Y ahí, ante aquella
página que ni siquiera iba numerada, justo antes del prólogo que
habla sobre los hobbits, me rendí incondicionalmente ante John
Ronald Reuel Tolkien y su magna creación. Sabía que aquel enorme
libro divivido en tres tomos me iba a gustar... y vaya si lo hizo. Y
lo mejor de todo es que el bueno de Tolkien, siempre perfeccionista,
no quiso dejar nada al azar y se dedicó a crear, a imaginar, todo un
mundo de fantasía desde sus mismo orígenes. Tras leer El Señor de los
Anillos quería más, necesitaba saber quien era Elendil, qué era
Númenor, cuantos años tenían Elrond o Galadriel y que maravillas
habían visto, cómo las minas de Moria se había convertido en
morada de orcos y de un Balrog, quiénes era realmente Gandalf o
Sauron, quería conocer al detalle la historia de amor de Beren y
Luthien... quería saberlo todo.
Pedid y se os
concederá...
Y así fue como a mis manos llegó El Silmarillion, un
libro que, lo admito, me costó leer la primera vez que lo hice, al
poco de terminar El Señor de los Anillos. Con apenas 14 años
esperaba otra novela, diálogos y aventuras, orcos, elfos , hombres,
batallas, reinos perdidos y renacidos... y todo eso está en El
Silmarillion pero contado de otra manera. Con 14 años no supe
apreciar la belleza del principio de la creación en la Música de
los Ainur, no me percaté de la importancia de la rebeldía de
Melkor, el futuro Morgoth un señor oscuro mucho más temible y
temido que Sauron, no me deleité como lo he hecho muchas veces después en las diferentes edades de Arda.
Y pese a todo estuve allí
cuando a orillas de la laguna de Cuivienen depertaron los Elfos
inmortales y los hijos de Ilúvatar hollaron por vez primera Endor,
la Tierra Media, cuando Varda iluminó el cielo con millones de
estrellas. Y después, cuando al comienzo de las edades del Sol
llegaron los hombres, los segundos nacidos, los Edain. Y combatí con
ellos en las cinco grandes batallas que desgarraron Beleriand y lloré
especialmente con las victorias del enemigo. Recostado en mi cama me
eché a temblar cuando las tropas de Morgoth rompieron el sitio de
Angband y hordas de orcos capitaneadas por un ejército de Balrogs
hicieron retroceder a los ejércitos de elfos y hombres. Y allí
estaba también Glaurung, el padre de todos los dragones, antepasado
de Smaug el dorado, escupiendo fuego y dolor y liderando a sus
vástagos en aquella terrible Dagor Bragollach a la que su temible
fuego y el de los Balrogs dio el nombre de Batalla de la Llama
Súbita.
Y qué decir de las
Lágrimas Innumerables. Qué decir de la impresión que me causó
aquella Nírnaeth Arnoediad, aquella batalla que parecía suponer el
triunfo definitivo de Morgoth sobre los pueblos libres de Beleriand.
Pero cada vez que miro a Venus, el lucero del alba o del ocaso,
recuerdo que no es sino el reflejo del Silmarill de Eärendil, el
marinero, que navegó hacia lo imposible, hacia Valinor, para pedir
ayuda y desatar así la cólera de los Valar. Pues no fue sinó la
Guerra de la Cólera lo que sobrevino después y en aquella terrible
confrontación Beleriand se perdió y de sus cenizas surgieron nuevos
reinos, nuevas tierras como Númenor, la Atlántida de Tolkien, de la
que partieron Elendil y sus hijos Isuldur y Anarion ante de la
caída...
Tolkien es para mi
sinónimo de Fantasía, empecé a leerle de niños, seguí de
adolescente y continuo de adulto. Puedo haber leído el Senor de los
Anillos o El Silmarillion diez o doce veces, no lo sé, y cada vez me gustan más. Hay
quien identifica Fantasía con infancia y considera que eso de
imaginar, de viajar a lugares como la Tierra Media es cosa de niños,
indigna de un adulto hecho y derecho. El día que pierda la ilusión
por viajar a Númenor, por visitar la Comarca o cabalgar junto a los
jinetes de Rohan, ese día habrá muerto una parte vital de mi ser...
pero hoy no es ese día.
Hay y ha habido muchos
otros autores dentro del género, en los últimos años sin ir más
lejos el señor George .R.R. Martin, de cuya Canción de Hielo y
Fuego soy devoto lector, pero admitámoslo, nadie se acerca ni de
lejos a la capacidad creativa e imaginativa de Tolkien. Nadie ha sido
capaz de crear idiomas y una mitología tan compleja, vasta y
completa que parece convertir lo fantástico en real... y es que tal
vez, sólo tal vez, la fantasía no es sino una forma diferente de percibir la realidad y no algo ajeno a ella.





