
Desde el pasado 29 de marzo y hasta el próximo 7 de julio, en el Centro Cultural Bacaja de Valencia es posible visitar, por vez primera en España, esta extraordinaria coleción de más de 200 figuras de terracota que proceden del Museo del Louvre y que han llegado a Valencia gracias a la colaboración de la Fundación Bancaja en la restauración de parte de las obras expuestas. Las tanagras o tanagrinas, nombre más apropiado según la comisaria de la exposición Violaine Jeammet, deben su nombre al lugar en que fueron descubiertas, la ciudad Beocia de Tanagra situada al norte de Atenas, aunque fue realmente en ésta última donde surgieron a mediados del siglo IV a.C. Estas pequeñas figuras funerarias se caracterizan por su belleza y, sobre todo, por su increíble nivel de detalle y por lo cotidiano de su temática: niños, actores, bailarinas, labradores, nodrizas, mujeres... las tanagras son una inagotable fuente de información sobre la vida diaria en la antigua Grecia. La exposición se remonta hasta el siglo VIII a.C. repasando las figuras y grandes vasos funerarios de los talleres de Tebas y permitiendo al visitante observar la evolución a lo largo de varios siglos desde aquellos a las tanagras propiamente dichas que, a partir de mediados del siglo IV a.C., se convirtieron en objetos de ajuar funerario muy demandados por los

griegos del Ática y no era extraño que se encargaran grupos enteros para un mismo enterramiento.
En las salas de la exposición podemos observar tanto figuras exentas como vasos plásticos (palabra que proviene del griego
plastikos que viene a significar
moldeable) y personalmente debo admitir que me han sorprendido tanto la sutil belleza de muchas piezas como su realismo. Instrumentos musicales, peinados, guirnaldas, máscaras, juguetes, azadas, mazos, cuchillos, vestimenta etc cada tanagra es una pequeña puerta a la vida cotidiana de la Grecia clásica y uno no puede evitar sonreirse y sorprenderse ante la evidencia de que aquellos griegos de antaño no eran sólo guerreros, reyes y filósofos. Se trataba de gente normal y su día a día, salvando las distancias, no difería tanto del nuestro: en sus ciudades había niños que jugaban por las calles, mujeres que lucían hermosos peinados, muchachos que aprendían a escribir, carniceros y pescadores que vendían sus productos, perros con sus cachorros que vagaban al azar, maestros que ens

eñaban... En varias de las figuras todavía es posible reconocer la policromía y es que, igual que otros muchos elementos del arte griego, las figuras estaba pintadas con vivos colores que las hacían aún más atractivas. Mención especial desde mi punto de vista merecen las tanagras de los actores, en las que podemos observar claramente, no sólo los trajes y túnicas que portaban en el escenario, sino también las inquietantes máscaras que portaban. Sin embargo la figura que más me ha llamado la atención, y en la que me he detenido un buen rato, ha sido la llamada
bailarina de Titeux (foto izquierda) que, con su rostro apenas insinuado, ofrece una sensación de vitalidad y movimiento que realmente hipnotiza.
Por último y como curiosidad técnica señalar que, en algunos de los paneles explicativos que se encuentran distribuidos por las salas, se ofrece una breve reseña de cómo fue y en qué consistió el proceso de restauración y datación de las tanagras ya que, muchas de estas figuras fueron saqueadas desde que se descubrieron, en el último tercio del siglo XIX, y se pusieron de moda entre la alta sociedad europea que las compraba compulsivamente, alimentando sin rigor un buen número de colecciones privadas, hasta que el Louvre y otros museos comenzaron a reunirlas; aquel saqueo hizo que muchas piezas quedaran descontextualizadas y hasta la aparición de los modernos sistemas químicos de datación no fue posible ubicarlas en el tiempo exacto en que se fabricaron siendo posible, entre otras cosas, reunir grupos que habían sido disgregados.